
Crucé la calle con determinación, fingiendo no darme cuenta de mi sombra; ella era indiscreta y tentadora, mas nada me corrompería. Mi destino lo elijo yo y hoy no pretendía ser buena, iré al infierno en busca de mi amor; la muerte se lo llevó, así que iré a cazarla y reemplazarla para llevarme sus anhelos y deseos. El calor me abraza, pero luego me derrite la piel; me río de su osadía, ¿cómo cree que eso me detendrá?, aunque mis huesos se calcinen y se vuelvan cenizas, yo lograré mi cometido.
Viajé una larga distancia, me arrojé al vacío y crucé el abismo para encontrarla; sé que me admira, mas no lo dice, ella es orgullosa, pero yo soy furia. Me dejo caer al suelo; la parca se inclina hacia mí, a centímetros de mi frente yace su mano pálida que emana frío a pesar de estar en este enorme horno; antes de que pueda acariciarme con su tacto, le envuelvo la muñeca con unas cadenas que la atan a mí. Ella queda paralizada, sus ojos puestos en los míos, las comisuras de sus labios se levantan en una sonrisa perturbadora y me dice:
—Ya no estaré sola nunca más.